Diez segundos después
Miro a mí alrededor, me siento pequeña, cada vez más pequeña, o tal vez mí alrededor más grande, aún más grande.
La sensación de vértigo me invade por todo el cuerpo, me deja paralizada. No puedo mover ni un sólo dedo de mis manos, no puedo ni tan siquiera pestañear. El sudor de mi frente se contiene y no da a luz. Todos les temen. Mis piernas flojean, empiezan a temblar, no son capaces de dar un sólo paso, el "todolosiente" cada vez está mas acelerado, parece que va a salir de su pequeño y solitario rincón. Me siento el pulso en cada parte de mi cuerpo, no es necesario estar atento para poder escuchar el silencioso boom-boom del corazón. Me late cada vez más fuerte, cada vez más rápido, y cada vez mis nervios son más evidentes.
Pero estoy exhausta, asustada, lo último que quiero es que "eso" vuelva a ocurrir. Lo presiento, pero no lo deseo, lo pienso, pero no lo quiero, lo siento, pero lo niego. Quizás sea peor el remedio que la enfermedad, o tal vez en este caso la enfermedad es peor que el remedio. ¿Quién lo sabe?
Estoy confundida, mi mente delira, porque no sabe lo que de verdad le importa, porque no sabe lo que en realidad quiere, porque por saber, no sabe nada.
Caen dos gotas de los huecos que aún sigo teniendo llenos, toda mi fuerza se une en un instante para derrocharla en el momento que le sigue. Agarro el cojín entre mis manos, lo pongo en mi pecho, lo aprieto con las mayores de mis ganas, sello mis rajados labios, y grito en silencio...
Diez segundos después, soy YO.

